lunes, 27 de febrero de 2012

Capítulo 13 de Fiscal en prácticas

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Honey abrió los ojos despacio y se apartó el pelo que se había soltado de su recogido y que ahora la caía por la cara y la impedía ver con claridad. Miró a su alrededor y hacia arriba lentamente: estaba metida dentro de una jaula de aproximadamente un metro y medio de alto y de proporciones similares el resto de ella. El lugar le era totalmente desconocido. Estaba en una habitación solo iluminada por una pequeña ventana  con barrotes que estaba situada justo encima de su jaula. La habitación era un desastre. Tenía una encimera que ocupaba dos de las paredes, con fregadero y toda llena de polvo, ceniceros y cajas de varios tamaños y en el centro de la estancia había una mesa rectangular llena de herramientas de jardín polvorientas y oxidadas. El suelo era de cemento y por toda esta información, Honey dedujo que se encontraba en el sótano de una casa. Todavía confusa, palpó los barrotes de la jaula despacio y, después, el techo. Luego sacó un brazo e intentó llegar a tocar la mesa rectangular del centro, pero no llegaba. La cabeza la daba vueltas y no podía pensar rápido y con claridad. Se palpó la nuca y encontró un chichón con una pequeña costra. Seguramente la habían aturdido para llevarla a ese lugar. Por fin su cerebro pareció empezar a arrancar y las ideas empezaron a fluir. Lo último que recordaba era despedirse de Benjamin en su coche…. y nada más.
¡Mi bolso!
Buscó su bolso dentro de la jaula pero no estaba allí. Recorrió toda la estancia con la mirada y tampoco lo encontró.  Su teléfono móvil estaba en su interior… claramente lo habrían guardado o se habrían desecho de él. En la pared, justo frente a la jaula, había una puerta cerrada. Su primer instinto fue salir de la jaula. Para ello sacudió los barrotes con toda la fuerza que pudo  y los intentó empujar con los hombros pero lo único que consiguió fue hacerse daño. Solo la quedaba gritar.
-¡SOCORRO!
Para su sorpresa, casi instantáneamente se abrió la puerta y por ella entraron dos hombres, uno más alto y otro más bajito.
-¡Ya se ha despertado! – exclamó el alto. Debía de tener unos 39 años. Pelo rubio peinado hacia atrás en tupé de rasgos toscos y un poco arrugados, extremadamente delgado. Se paró a unos pasos de la jaula- A esta la pega Dolly. ¿Qué te parece?
Honey le miró con todo el odio que pudo mientras el otro hombre, el bajito, se agachó delante de su jaula. Para ser un dúo tenían más bien poco que ver. Al lado de las pintas de chulo que tenía el alto, este parecía haber sido pastor en otro tiempo. Bajito y rechoncho, tez muy morena, ojos chiquititos y barba de tres días, desprendía un fuerte olor a sudor. Metió la mano en la jaula y la agarró la cara por los pómulos. Honey le respondió con un fuerte manotazo que hizo que sacase rápido la mano y desató la risa del alto.
-¡Te lo has ganado, Pulga! ¡Eso te pasa por tocar la mercancía! ¡Bien hecho, Dolly!
Honey los miró con cara de asco.
-¡¿Qué van a hacer conmigo?!
-¡A ti te lo vamos a decir!- volvió a reir el alto.
-¡Dentro de poco estarás trabajando como te mereces!-soltó el pequeñito, al que Honey empezó a denominar Pulga, supuso que el otro le había llamado así por su tamaño tanto de ancho como de alto.
-¿Dónde estoy?- ninguno pareció haberla escuchado. Pulga se levantó sin quitarle a Honey la vista de encima y el otro se sentó encima de la encimera en la pared de enfrente, sacó un cigarrillo y empezó a fumar- ¡Soy la ayudante de un fiscal!
-¿Y a nosotros qué?- respondió Pulga- Camareras, ayudantes de fiscales, secretarias, universitarias: da lo mismo. Todas vais a acabar en el mismo sitio.
Honey agarró fuerte los barrotes y los sacudió sin resultado. Pulga fue al lado del alto.
-Oye Metre, esta es mi favorita. Las otras tres también son muy guapas, pero esta…. me vuelve loco. Debe de ser ese vestidito cortito- por un momento a Honey le pareció que se le caía la baba- y ese olor tan dulce que desprende- produjo una especie de gruñido. A Honey le entraron muchas náuseas.
-¡Imbécil!- Metre dio un golpe con el talón en el mueble de la encimera, asustando a Honey y a Pulga-Sabes que no podemos usar la mercancía o si no te las verás con el jefe- en vez de hablar pareció como si le ladrase.
-He visto como mirabas a Sexybell, ¡tú también te mueres de ganas por usar un paquete! Podemos hacer una cosa: tú usas a Sexybell y yo a Dolly, nos callamos y nadie se tiene por qué enterar…- Pulga dejó de mirar a Honey por unos instantes para mirar audazmente a Metre, el cual, echando el humo de su cigarro, se bajó de la encimera y le levantó la mano.
-¿Pero es que tú no piensas nunca? ¿Qué te crees? ¿Qué no se va a enterar el jefe? Mira, cómo se te ocurra ponerle una mano encima a alguna parte de la mercancía me encargaré yo mismo de que el jefe te entierre bien hondo. ¿Te enteras?
-¡Pero Metre…!
Metre le volvió a levantar la mano esta vez sin decir nada.
-¡Vale, vale entiendo!
-Mira, como soy muy generoso, te dejo que le traigas a esta la comida y que la saques al baño- y diciendo esto, Metre salió por la puerta dejando a Pulga babeando mientras miraba fijamente a Honey y de vez en cuando se movía, se acercaba, se agachaba, cambiaba de lado, todo para poder observarla mejor desde todas las perspectivas diferentes.
Ella tampoco dejaba de observarle con cara de repulsión y, de vez en cuando, él la miraba a la cara y se pasaba la lengua por los labios y ella acentuaba la cara de asco al tiempo que también se le acentuaban las arcadas.
-¿No necesitas hacer tus necesidades? El tito Pulga quiere observarte mejor… desde otras perspectivas ji ji.
Entonces entró Metre con dos platos para perros, uno rojo y otro metálico, con comida dentro. Se agachó delante de la jaula y tiró del suelo metálico, sacándolo lo suficiente como para poner los dos platos y lo volvió a colocar en su sitio, quedando dentro de la jaula los platos. Por lo menos la comida olía bien y ella tenía hambre…
Después de comer, aprovechó que Metre se quedó con ella a solas y le pidió ir al baño. Él, la pasó unas esposas por los barrotes de la jaula y ella se las puso. Cogió de encima de la mesa un manojo de llaves y abrió la parte delantera de la jaula. Ella intentó ponerse de pie, pero las piernas no la respondían. En la jaula no podía estirarse entera y mucho menos ponerse de pie. Metre la agarró de la cintura y la ayudó a sostenerse hasta que recobró la fuerza la fuerza en las piernas y pudo andar normalmente. Honey se alegró de que él se hubiera quedado con ella, porque de haber sido el otro, ahora a saber en qué circunstancias se encontraría.
Salieron a un pasillo, anduvieron unos pasos y la empujó suavemente dentro de un cuartito de reducidas proporciones en el cual solo había un váter y rollos de papel por el suelo.
A la vuelta repitieron un proceso parecido: ella se agachó y entró en la jaula, él cerró el candado y dejó las llaves encima de la mesa. Después, la paso una llave pequeña para que se quitase las esposas. Ella las miró antes de devolvérselas.
-Si quieres que te sigamos tratando bien, más vale que te portes igual de bien que hasta ahora- la dijo Metre por si ella trataba de hacer algo- En el momento que te empieces a portar mal, te iremos quitando privilegios y te tendrás que hacer tus necesidades encima. Sé buena, princesa- la guiñó un ojo y se marchó después de dejar las esposas encima de la mesa otra vez.

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